14 mar. 2010

(esto lo escribí como editorial para la revista Sacapuntas, de la ada, hace algún tiempo; la revista aún no salió, pero como ya tiene varios meses de escrito, va por aquí)


En El Palacio del Dibujo los pasillos son largos y los techos, altos, altísimos. Cada habitación dista de su contigua por varios metros; las hay para todos los méritos y variedades. Dicen que en los pisos superiores habitan los Maestros, los que, según afirman, dibujan imperios enteros con un trazo. Pero no suelen pasear por aquí, solo escuchamos sus lamentos mientras trabajan. Nosotros nos reímos un poco de esos lamentos, pero, en secreto, todos anhelamos estar en una de las habitaciones superiores, allí donde la vista solo choca con espejos y ya no es necesario salir al pasillo porque todo lo que importa sucede adentro. En los pisos inferiores del Palacio nos agolpamos; somos muchos, infinitos, sin embargo cada uno tiene su habitación y cada habitación tiene su lámpara y su mesa de dibujo. Hay días en que aburre estar en el cuarto, entonces paseamos, nos visitamos unos a otros, y jugamos a conversar unos momentos; sabemos qué decirnos y lo hacemos muy bien. Otras veces, fingimos que somos mudos y sordos: hacemos gestos amplios, nos miramos con asombro durante horas. Dicen que hubo una gran pelea hace tiempo; los dibujantes lo comentan en voz baja, pero nadie hace preguntas, y el relato de esa disputa circula como una leyenda, como el mito que nos mantiene activos y obedientes. Hoy solo hay grescas: algunos pierden los estribos; otros miran con reserva y comprensión. Nadie teme pues no hay razones para temer. Basta una ventisca para que todos corramos a nuestros cuartos a cerrar las ventanas, cosa de que no se vuelen los objetos del tablero.